En 2014, junto a Dana —mi pareja en ese momento— decidimos emprender un viaje como mochileros. No teníamos un plan claro ni demasiado dinero, así que fuimos a la estación de tren y preguntamos cuál era el destino más lejano al que salía un tren ese mismo día. Así llegamos a Tucumán, luego de 24 horas de viaje.
Mientras recorríamos la ciudad con la mochila al hombro apareció una especie de fiebre compartida: intentar llegar cada vez más lejos. El viaje continuó hacia Jujuy, muchas veces haciendo dedo y pasando las noches en campings, donde comíamos lo que podíamos. El poco dinero que teníamos lo reservábamos para algún micro de larga distancia que nos permitiera seguir avanzando.
En ese camino surgió una idea que hasta ese momento parecía casi imposible: conocer las minas de Potosí.
Desde Jujuy cruzamos a Villazón, luego seguimos hasta Tupiza y finalmente llegamos a Potosí. Allí buscamos a un guía que pudiera llevarnos a recorrer las minas. Nos dijo su precio y le respondimos que solo podíamos pagarle una octava parte de esa cifra. Después de un momento de duda, aceptó, con una sola condición: que no le contáramos a nadie cuánto habíamos pagado.
Las fotografías que se presentan aquí son el resultado de esa aventura.
Esta última imagen corresponde al momento en que terminamos el recorrido y salimos finalmente de la mina. Fue una experiencia exigente tanto en lo físico como en lo mental: no todos los que comenzaron el trayecto con nosotros lograron completarlo.
El encierro constante, el polvo suspendido en el aire, la altura, el barro y las condiciones extremas del lugar convierten el recorrido en una prueba difícil de atravesar. Al mismo tiempo, esa experiencia permite dimensionar la determinación y la fortaleza de quienes trabajan allí todos los días.
Mi abuelo Rogelio fue minero. Cuando yo era niño solía contarme historias sobre su vida bajo tierra y todo lo que había vivido en la mina. Recién después de este viaje pude comprender, en parte, la magnitud de ese esfuerzo.